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martes, 18 de noviembre de 2014

Blanco y negro


Olor de limpio. Algodones puros de los que expulsan el sudor. Todo blando, todo blanco, todo puro... Y yo allá en pleno mes de aquel tranquilo febrero de hace algo más de sesenta años, un febrero frío y lluvioso ignorado dentro de la cuna. Todos los brazos hacia mí, y yo, indiferente, porque no me daba cuenta de si mi llegada había sido un deseo, un descuido, había sido fruto de una noche enloquecida, o quizás fruto de una rutina, de un acto rutinario en aquellos años que no se sabía qué hacer...
Al otro lado del mundo, en aquel mismo momento, nacía Tala, un niño negro que salía de su madre para ir a parar directamente a tierra, una tierra seca y polvorienta, mientras su madre trabajaba en una plantación de caña. No tuvo tiempo de decir ay y el hijo ya lloraba y las trabajadoras que estaban a su lado, después de mirar si el encargado las veía, se apresuraban a llegar a hora de cortar el cordón umbilical del chico que quizás se rebelaría contra aquella situación y les quitaría las cadenas del sufrimiento y de la sumisión.

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